Mindo es un pueblo que queda entre la sierra y la costa ecuatoriana, pero que tiene alma de amazonía. Podemos decir que reúne cosas de las tres regiones del Ecuador. A dos horas de Quito, con un clima caluroso y húmedo y una naturaleza desbordante. Es famosa por su bosque nuboso y el avis tamiento de aves de muchas especies, lo que atrae a turistas de todo el mundo. Pero al ser un destino de fin de semana para la gente de la capital, también cuenta con ac tividades de aventura de todo tipo. El proyecto abarca dos “refugios” que fue ron diseñados el primero es la Casa Quisipina que esta dedicado exclusivamente para el uso de la pareja, siendo este el que esta ubicado al borde del lago y tiene vis tas a todo lo que tiene que ofrecer el terre no. El segundo refugio es Wawa Quihpina, esta ubicado alrededor de 200 metros de separación con la casa principal. Quishpina se compone de tres volumenes que se unen mediante un pasarela eleva da hasta 1.5m sobre la pendiente natural del terreno y el lago artificial. El Volumen “A” es donde se desarrollan las actividades sociales como la cocina, estar, y comedor, tiene la caracteristica de poder abrirse completamente y obtener una vision com pleta de la naturaleza de Ecuador, pudien do convertise en terraza techada en medio del bosque cuando se necesite o un refugio. El volumen “B” es el volumen estudio que funciona independiente de la casa, siendo un espacio que se puede encontrar aisla dos del resto de actividades y opteniendo una privacidad que es requerida por sus usuarios. El volumen “C” se encuentran las actividades mas intimas de la casa, donde se propone una gran dormitorio que puede estar completamente abierto con una te rraza y un hot tub.

QUISPINA . CASA DE RETIRO

Este proyecto nace como una respuesta sensible al paisaje exuberante que lo rodea. Implantado al pie de una ladera densamente vegetada y abrazado por un espejo de agua natural, el conjunto se concibe no como un objeto que se impone, sino como una arquitectura que se posa con ligereza sobre el territorio. La conceptualización parte de una premisa clara: habitar sin alterar, construir sin competir y dialogar activamente con el entorno.

La estrategia principal consiste en fragmentar el programa en volúmenes longitudinales independientes, conectados mediante pasarelas elevadas. Esta decisión no solo reduce el impacto en el suelo, sino que permite que el terreno, la vegetación y los flujos naturales del agua continúen su curso casi intactos. La arquitectura se eleva sobre pilotes, reinterpretando tipologías vernáculas propias de contextos húmedos y tropicales, donde la relación con el agua exige soluciones resilientes y adaptativas.

El lenguaje formal se apoya en cubiertas inclinadas de gran pendiente que responden al clima, facilitando la evacuación de lluvias intensas y generando amplios aleros que protegen las circulaciones exteriores. Estos techos, extendidos y ligeros, se convierten en el gesto unificador del proyecto. Bajo ellos, una secuencia rítmica de pórticos de madera define la modulación estructural y aporta una escala humana y cálida.

La materialidad refuerza la intención conceptual. La madera domina tanto en estructura como en cerramientos, estableciendo una continuidad cromática con el entorno vegetal. El uso extensivo de superficies acristaladas permite que el paisaje penetre visualmente en el interior, diluyendo los límites entre dentro y fuera. No se trata solo de transparencia, sino de una experiencia inmersiva donde la naturaleza se convierte en protagonista constante.

El recorrido arquitectónico es otro eje fundamental del diseño. Las pasarelas elevadas no son simples elementos de conexión, sino espacios de transición que invitan a una percepción pausada del entorno. Caminar sobre el agua y la vegetación genera una experiencia sensorial que articula el proyecto: el sonido, la humedad, la luz filtrada por la montaña y el reflejo del cielo en el estanque construyen una atmósfera cambiante a lo largo del día.

Programáticamente, la fragmentación permite diferenciar áreas públicas y privadas sin recurrir a barreras rígidas. Cada volumen adquiere autonomía funcional mientras mantiene coherencia formal con el conjunto. Esta disposición favorece la ventilación cruzada, el aprovechamiento de vistas específicas y la adaptación flexible a futuras transformaciones.

En términos conceptuales, el proyecto puede entenderse como una arquitectura-puente: no solo conecta espacios, sino también escalas —la humana y la territorial— y tiempos —la permanencia de la naturaleza y la temporalidad del habitar. La edificación no busca protagonismo icónico; su valor radica en la integración, en la honestidad constructiva y en la capacidad de intensificar la experiencia del lugar.

Así, esta obra se configura como un ejercicio de equilibrio entre técnica y sensibilidad, tradición y contemporaneidad. Una arquitectura que entiende el paisaje no como telón de fondo, sino como materia activa del diseño.